martes, 1 de mayo de 2012
Policrates de Samos
El príncipe de los piratas de la era subsiguiente a la homérica fue Polícrates, tirano de Samos, quien prosperaba en el siglo VI antes de Jesucristo. En el apogeo de su dominación, poseía más de cien buques de guerra, e imponía su ley en todo el Mar Egeo. Más tarde, habiendo derrotado las flotas piratas rivales de Melita y Lesbos, se convirtió en soberano de toda la costa de Asia Menor. Desde allí, Polícrates pudo guiar a su antojo el vacilante poderío de Fenicia a la vez que paralizar a los temibles merodeadores del mar de la costa de Cilicia. Mas en el momento de su máxima autoridad, al disfrutar de la posición de un soberano legítimo, el tirano de Samos se mostró incapaz de curarse del hábito que había sido agente de su grandeza. Los barcos de los demás Estados no navegaban sino con su permiso previo pago de tributo; de lo contrario, arriesgaban ser capturados. En cierta ocasión, Polícrates incluso interrumpió el ceremonioso cambio de atenciones entre algunos de sus colegas soberanos, confiscando un navío que Amasis, rey de Egipto, enviaba a Lacedemonia para hacer entrega, como obsequio, al famoso atesorador de oro, Creso, rey de Lidia, de un coselete de lino, bordado de encajes de algodón dorado, y de una magnífica ánfora suntuosamente adornada con piedras preciosas.
Al igual que tantos otros caballeros provistos de lo necesario para comprar, Polícrates también sabía gastar. Mientras hacía de Samos la primera ciudad de su tiempo en cuanto a riqueza, la convertía igualmente en el mayor centro de arte. Su palacio figuraba entre las maravillas del mundo. Lo mismo que los piratas del Renacimiento, atrajo hacia su corte a los artistas contemporáneos y los retuvo de modo permanente en Samos, pagándole sumas inmensas por embellecer la ciudad con estatuas y edificios.
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